No
estoy ni ahí con los autos. No sé de marcas. Menos de manejar. Y ese poco
conocimiento automovilístico llevó a que una pareja se asustara ante mi
intimidante metro sesenta de estatura.
Estaba
estepez esperando al amigo del amigo. Ese que amablemente se ofreció para
trasladarme a la fiesta con motivo de la conmemoración del natalicio de
este último. Ello, previo intercambio de correos donde, a modo de táctica de
reconocimiento en el punto convenido de encuentro, le consulté: ¿y qué auto
tienes? Pésima idea. No tengo idea de autos. Se me ocurrió entonces que la solución era googlear el modelo: Mazda 2 color azul, pero se me olvidó a los dos segundos.
Llegó
el día estipulado, esquina estipulada. Y yo sentada con mi lindo vestidito stripe,
gafas y zapatos fuccia y mi cabello de Emma la Colérica. Regalo
en mano, toalla en mano.
Y
ahí me di cuenta, en terreno, de que no había modo de reconocer el automóvil.
Empezaron a pasar los modelos. Empecé a aprender también… ese Grifo, ¿será un
Mazda? No, es un Peugeot… ése de ahí, ¡Ah verdad, es Citroen! Toyota… mmm…
Renault… Audi… ¿qué nadie tiene un Mazda? Chevrolet…
Ya
cuando se me acabaron las alternativas, vi pasar dos signos desconocidos para
mí. Llegué a la conclusión de que ese algo parecido a tres triangulitos “podrían” ser un Mazda,
y que el auto con signo extraño “tenía” que ser el famoso “auto chino”. Seguí
esperando. La otra alternativa de descarte era, por supuesto, el auto azul.
Pero… ¿qué tipo de azul? ¿Eléctrico lolo? ¿Marino ancianil? ¿Paquete de vela
curioso? Ante
la disyuntiva, y teniendo claro que mi fuerte estaba en reconocer diversas
variedades de azul más que en hacer lo propio con las marcas de los autos, cada
vez que un auto de ese color paraba al frente mío me levantaba e intentaba
mirar dentro a ver si alguien me hacía señas y/u otra señal.
El
primero fue un lolo varón chileno. Que devolvió mis miradas, “así como
coqueteando”. Mas lo mío era una mirada pragmática, no un coqueteo. Se fue
pelando forros, a modo de técnica de conquista de semáforo.
El
segundo, una familia. No había lugar para mí. Descarte inmediato.
El
tercero. Una pareja. Me levanté a mirar, y al verme observándolos se asustaron
y subieron los vidrios, mirándome horrorizados. O prostituta de lujo, o
delincuente habitual. Una de dos. No una persona dispuesta a pasar una inocente
tarde de campo pre-eleccionario, eso está claro.
Finalmente,
pasó el auto del joven. Y resulta que el supuesto auto chino era el
Mazda, y el supuesto Mazda un Mitsubishi. Y resulta que era tan simple como hacer unas señas locas. Así que me fui/volví en auto, con buena y variada música y buena y variada compañía, en un viaje ida/vuelta de lo más ameno.
La moraleja es que ahora ya sé (algo) de autos, así que la próxima vez que pregunte: qué auto tienes, por
aprendizaje inducido en la práctica sabré reconocer a algún eventual buen
samaritano que me recoja en alguna calle santiaguina. Y, más importante aún, no
seré confundida con una de esas damas que pueblan las imágenes de Chilevisión
en el horario Prime.
Porque a todos nos gusta opinar, ¡comente no más!
hace 5 días
hace una semana
hace una semana
hace una semana
hace una semana
hace 3 semanas
hace 3 semanas
hace 3 semanas
hace 3 semanas
hace 3 semanas